Supongo que finalmente me tengo que despedir de estas paredes.
Tengo que despedirme del jardín. Mi fiesta de cumpleaños de los diez, con mis amigos pululando de un lado a otro, de mi perro comiéndose la hierba y mordiendo el agua de los aspersores, de la piscina en la que el año pasado nos bañábamos en mayo, con un cubo de ron con limonada y una borrachera francamente graciosa. De los frontones contra la pared de la fachada, las antorchas de una fiesta con toda la familia, ya dispersa por peleas absurdas, de decorar el abeto del césped con luces cuando llegaba Navidad. De mi madre limpiando el patio con la manguera, mientras yo decía tonterías, y bailaba y ella se reía de mí. De mi padre cortando el cesped y de mí tirando mil bolsas de ramas de ciprés. De los desayunos en el porche, de ver florecer la primera rosa blanca de los rosales que hay al lado de la cancela, como un ritual sagrado que anuncia el buen tiempo.
Del salón de domingos de manta y película, de las cenas familiares en la mesa grande, de rebuscar en los cajones del aparador. Del pequeño baño en el que mi madre vomitaba todos los días, del cerrojo nuevo que ella mandó poner, del botiquín que allí se guardaba, de la ducha en la que bañábamos a los cachorros y el espejo en el que me arreglaba el pelo después de la piscina.
De la cocina, de la que mi madre parecía ser un elemento más, del olor a sopa del invierno, y a tabaco a las 6 de la mañana. Del chirrido de la puerta, de las comidas allí, de los desayunos de sábado. De los atracones, y las veces que he conseguido alejarme de allí. De los armarios con las puertas abiertas, y el ruido de cacerolas y platos. De los imanes de la nevera, y el estante de los libros.
Del despacho, de noches largas con el ordenador, de pizza y tabaco con Cels, de vida hasta los 12, de la cartera y el móvil perfectamente alineados de mi padre, del mueble de la costura, y el armario de los bolsos donde se escondían los paquetes en Navidad. De la entrada, el perchero y el ruido de los cajones.
De mi cuarto, y de mi baño. De todas las cosas que han pasado aquí, los llantos, los chicos en la cama, las remodelaciones de la pared, las veces que la he pintado, las tardes de estudio, el ejercicio en el suelo. El armario abierto, la ropa en la cama, las salidas en plena noche por la ventana al balcón. Odiar el naranja, encontrarme arañas en el techo, observar el mundo desde mi cama. Arreglarme en mi baño, peinar a Cr. y llenarlo todo de vaho y humo de cigarro, dejar marcas de besos en las paredes, arrodillarme a intentar vomitar y llenar todas las toallas de maquillaje. Ordenar el estante de los geles, arreglar la ducha mil veces. Aquellos dos meses que al abrir el grifo todas las tuberías zumbaban y hacía un sonido muy gracioso que despertaba a los vecinos. Levantarme a las 6 y meterme en la ducha, llegar a las 8 y darme un baño.
El cuarto de mi hermano, y su costumbre de pequeño de meter los papeles de las tabletas de chocolate entre el armario y la pared. Alcanzarle los juegos de los estantes más altos, arroparle por las noches y subir el estor de Mickey, justo a la mitad, para que no le diera miedo; el reflejo del la luz en el picaporte, proyectando una cara siniestra en la pared. Los posters de manga y anime. El estante de las figuras, y el desorden, y la pizarra, y sus cosas. El cuarto de mis padres, y la ropa, y el vestidor, y su baño con esa luz tan guay por las tardes, en verano, y entrar y que mi padre se esté afeitando y que huela todo a él, y ver las figuras de buda de mi madre, y ordenarle los pendientes, y tirarme en la cama con ella a ver cosas, y cuando lloraba, meterme entre ella y mi padre. Ir a darles las buenas noches, y acabar bailando con mi hermano, viéndolos a los dos en la cama reírse a oscuras, con la luz de la TV, y saltar encima de ellos, y que nos abracen. Y la broma de la gamba, y oír desde mi cuarto a mi madre y mi hermano saltar en la cama, y reír, para luego tener que buscar los aerosoles que impiden que mi hermano se ahogue a causa del asma. Y su puerta cerrada, y oír como discuten un domingo por la mañana, y mi madre llora, y mi padre se va, y vuelve, y hace la comida, y ella baja y lo arreglan, y bromean con nosotros. Escuchar el golpe de la maleta de mi padre cuando se va de viaje a las 5 de la mañana en mi puerta, y que venga creyendo que duermo, y me dé un beso y un abrazo.
El torreón. El tejado con Celia en verano, y la cerveza, y los veinte millones de cigarros, y las noches sin dormir allí sentada. Las luces de toda Granada desde allí arriba, y los amaneceres. Y el sofá cama, y las chuches, y las pelis, y los rotuladores y los diarios, y el ventilador, los Rolling sonando, los piercings a altas horas de la madrugada, tomar el sol en la terraza, el olor del desagüe en verano.
El colchón en medio de la habitación, la mesa camilla en invierno y el radiador. Las mantas en las ventanas, los videojuegos, y las muñecas, y los libros de mi padre.
Sé que sólo es una casa.
Pero ocho años de mi vida se quedan aquí, y no sé cómo despedirme.