(palabras de filosofia, escritas de una mente muy interesante...., con gran imaginacion es asi mi amigo Oscar... y te digo: no dejes de escribir, sigue alimentando mi mente con tus palabras hermosas!.... te digo qe esa lindicimo todo aquello qye haces! me gusta, me gusta y creo qe me seguira gustando tu filosofia! gracias por querer ser un gran amigo mio! gracias, gracias. "Lindicimo" )
Cuando a uno no agarran de su puerquito es difícil salirse del círculo. Eso le pasó a mi primo el Juan, yo sólo digo lo que me cuentan. Él solo viene, dice que soy escritor y que salgo más barato que una terapia. Tampoco le voy a repartir folletos y mandarlo a convencer gente para ser la nueva raza que se salvará de las garras del pecado y vivirá en otro planeta más feliz, más bello y con fe ciega. Luego, finalmente me compara con los grupos de auto-ayuda. Esos cabrones, primero se portan de lo más lindo. Te dan tu café o té, con azúcar o sin azúcar. Después te dan tu charla de dos horas, hasta tres. Y ya cuando dices y piensas que te has librado de su sarta de estupideces, porque en el transcurso de las horas te das cuenta de que se fusilan cuan filosofía y pensamientos pueden, ya cuando crees que callarán te la sueltan. Amigo mío, reparte este mensaje por el mundo, debes “apadrinar” por lo menos cuatro, o cubre la cuota voluntaria de ellos. Son 120 (ciento veinte) pesos por apadrinado. Y después de cuatro semanas el pobre Juan sólo consiguió dos, uno por que le debía unos pesos, y la otra por ser su misma mujer, la que le recomendó el maravilloso método de “El camino está en ti”. Así que desembolso cuatrocientos cuarenta, más otros ochenta que puso para su querida esposa.
Dice que le salgo más barato, que yo solamente me voy a reír y divertirme de lo lindo con sus desgracias. Lo que no sabe es que nadie debe saber de nadie tanto, es bueno ignorar los pequeños detalles. Un día yo andaba deambulando por las calles atascadas de adolescentes en plena primavera. Veía en sus dulces brazos el vaivén del agarra-apachurra-masajea-huele. Claro, quién me manda andar espiando a las once de la noche, lo que es el voyerismo involuntario. Y después del espectáculo gratuito me retiraba a mi casa, paso por cierta avenida y descubrí un pequeño local. Lo primero que vi fue una gran cortina blanca, una mesa detrás de ella y una guapa y nada descuidada cuarentona. Con lo que me fascinan las del segundo aire. Entré a aquel lugar y con rápida habilidad de rapiña me abalancé sobre aquellos pellejos bien puestos. Buenas noches, me llamo Irene y será un gusto darte la bienvenida a nuestro grupo. Durante tres meses, cada jueves y sábados ahí me tenían. Primero escuchando, después me tocó hablar. Como soy muy pendejo para eso de la oratoria, lo mío, lo mío es escribir. Me contaron del movimiento. Lo difícil no es escribir, sino escribir lo que te piden. Debía encajar todo en ese folleto, dos hojas dobladas por la mitad. Cuatro páginas en total, llenas de cuanto sofisma se me ocurrió. Primero saqué la ética de Aristóteles, la subrayada por el maestro que una vez me prestó y nunca jamás me tome el detalle de regresar. Después se me ocurrió consultar en Internet. Encontré la gallina de los huevos de oro, www.tupuedessalvarte.org Quién carajo se iba a poner a indagar sobre los utilísimos consejos de nuestro folleto de bienvenida. Como redactor, escritor, servil objeto sexual de nuestra recepcionista y genio creativo mis ganancias aumentaron. Empecé a olvidarme de mi novela, de todos modos nadie hubiera querido leer las aventuras de un ladrón de ropa interior que un día, un desafortunado día es vengado por un grupo de señoras de golpes en el pecho.
Lo escuché hasta el amanecer, el había comprado el vodka así que mientras yo bebiera todo estaba conforme al plan. Primero lo primero le dije. La tal Azucena es bien piruja. Lamento ser yo quien te lo diga, pero una vez a mis oídos llego una sobresaturación de rumores. Clásico de doña Nancha la casera. Pero cuando toda la colonia se pasa y corre con el mismo chisme, entonces hay que sospechar. Y lo hice, mejor ya ni te digo lo que descubrí. ¿Te acuerdas de tu apadrinado, el que te debía doscientos pesos cortesía del reloj que te empeño y jamás volvió a desempeñar? Se la echó, no una, no dos, cuatro veces. Después anduvieron pasándola de cama en cama, de silla en silla, de rodillas en el frío piso de su grupeto ése. Todos, a eso se dedican y tú muy quitado de la pena porque ya andabas leyendo el libro de Sir Majestad Majister Svlavistk Güaillán. Y cómo no te iba a ayudar el librete de 500 páginas al accesible costo de… ¿de cuánto me habías dicho? Bueno el tema en toda la cuestión es que te vio la cara mi Juan. La carota que te cargas de pendejo. Ya se acostaba con otro y aquél, con éste y después el de allá. Eso de que encontró otro camino, el de hacerse musa del Sir Majister Güaillán me suena a que será la prostituta alfa. Ni modo te tocó la de malas.
Dos meses después ya teníamos bastante fondo. Y que nos cae hacienda. Primero querían que pagáramos impuestos por nuestro honrado favor hacía la población, después teníamos que reportar nuestros gastos ante ciertos peces gordos. Y finalmente o pagábamos la cuota que se pide para este tipo de “negocios” o ‘pagamos’. Gracias a la suculenta actividad secundaria de nuestra siempre bien parada Irene, convencimos al jefe de la mafia local para que nos hiciera esquina. Ahora Irene era la encargada de la división occidente de empresas “Aquí se viene a vivir” dependiente de AgroQuímicos y fertilizantes De Melgoza. Ya estábamos bien defendidos de los garfios y gorilas que tratan de aprovecharse de los empresarios nacientes. Nuestros folletos crecieron a ocho páginas, ya podíamos meter imágenes a color y anunciar uno que otro negocio. Todos de la misma firma. Yo contraté a un ayudante, eso de buscar ideas ajenas es negocio cooperativo, intransferible pero enseñable. Al joven que le pagábamos bastante mejor que cualquier albañil de fraccionamiento poco le importaban las cosas que había que buscar en la red. Hacía su trabajo en una o dos horas y lo demás del turno lo dedicaba a bajar pornografía, quemar las películas en CD’s que robaba de nuestro almacén. Después imprimía algunas portadas sugerentes y coloridas, quemaba el contenido y lo metía a su mochila. Un día lo vi en un mercado sobre ruedas al norte de la ciudad. Era el afamado “Señor del porno”… De que encuentras, encuentras. Arreglamos el mal-entendido con una cuota mensual. Listo cada quién tiene lo suyo y todos felices. Y así comenzó nuestro imperio de auto-ayuda, pornografía, una que otra entrega de “blancas palomas” y el efectivo servicio de guarda paquetes confiscados. Nos mudamos de edificio y contratamos más lindas y apreciables damas de invitación. Quién sabe y un día otro escritor de mala fama y costumbres voyeurs se tope con nuestro edificio y me libre del enfado, las aventuras del roba tangas deben contarse y yo aquí perdiendo mi tiempo con la superación personal.
Como ya me había aburrido, y necesitaba concluir la barata sesión de psicología aplicada al amigo desgraciado. Tomé una decisión, hablar con otro profesional del ejercicio bien retribuido de escribir y difamar a los familiares. Cosa sencilla: tienes un familiar inestable, lo ves una o dos veces en un mes, tomas sus rasgos, te los apropias y construyes un serafín de personaje para tus novelas, artículos y narraciones. Y como la exclusiva del dejado y apopléjico corazón de Juan, mi hermano del alma, ya era mi personaje, decidí dejar por la paz su historia real. Yo iba a construir una mejor. Primero deje de contestar sus llamadas, después me cambie de domicilio; pretexto perfecto pues ya era moroso por dos meses de renta. Lo último que supe del decaído Juan es que seguía navegando por métodos, escuelas, libros y secciones de acojinamiento a los dolidos del espíritu. Total, yo me hubiera gastado mis últimos ahorros en una buena borrachera con mujeres guapachosas y morir de su baba espesa sabor tuburio. Cuando acabe la historia del desventurado Juan, al que su esposa lo abandono por un gerente de un grupo que lavaba dinero disfrazando tal actividad con una máscara de “grupo de personas afligidas” tomé un viaje largo.
Al final la novela fue un rotundo fracaso, mi editor me demando por las pérdidas y Juan se reconoció ve-tu-a-saber-cómo en el protagonista que con menosprecio ose llamarle Joel. También me busca cierto escritor al que conocí un día. Caí por curiosidad en un edificio al sur. Grande de ventanas limpias y recepcionistas de curvas prolongadas y cabellos igual de naturales que sus ideas. Charle más o menos una hora diaria. En tres semanas ya había comprendido el negocio. Cometí el error de presumir mi oficio y prometer un manuscrito al calor del orgasmo con una de las chicas. De seguro fue quien me echó de cabeza. Uno nunca debería decir ninguna promesa en el acto sexual, de no ser una promesa falsa. Pero qué le va hacer uno, da por ser sincero y decir lo que se debería lamer con la lengua. Ahora me oculto detrás de las historias a las que me enfrento en este lugar. Hay un pequeño café galería. Las pinturas son malas, el café sabe de la mierda y el local apesta a aires de octogenario meado. Supongo que por el hecho de que los clientes habituales sean putas, matones, adolescentes con tribulaciones y uno que otro vago que apenas puede decir “droga-cuánto-es” este no sea un café normal. Quizás escriba otra historia, esta vez no le diré nada a la generosa mesera que me atiende diario. Sólo meter, acabar, pagar e irme. Sólo por gusto personal, le compartiré el único ejemplar que me queda de “Ayudamos a ayudar… historia de un escritor falso”
El oficio de escritor.
Cuando a uno no agarran de su puerquito es difícil salirse del círculo. Eso le pasó a mi primo el Juan, yo sólo digo lo que me cuentan. Él solo viene, dice que soy escritor y que salgo más barato que una terapia. Tampoco le voy a repartir folletos y mandarlo a convencer gente para ser la nueva raza que se salvará de las garras del pecado y vivirá en otro planeta más feliz, más bello y con fe ciega. Luego, finalmente me compara con los grupos de auto-ayuda. Esos cabrones, primero se portan de lo más lindo. Te dan tu café o té, con azúcar o sin azúcar. Después te dan tu charla de dos horas, hasta tres. Y ya cuando dices y piensas que te has librado de su sarta de estupideces, porque en el transcurso de las horas te das cuenta de que se fusilan cuan filosofía y pensamientos pueden, ya cuando crees que callarán te la sueltan. Amigo mío, reparte este mensaje por el mundo, debes “apadrinar” por lo menos cuatro, o cubre la cuota voluntaria de ellos. Son 120 (ciento veinte) pesos por apadrinado. Y después de cuatro semanas el pobre Juan sólo consiguió dos, uno por que le debía unos pesos, y la otra por ser su misma mujer, la que le recomendó el maravilloso método de “El camino está en ti”. Así que desembolso cuatrocientos cuarenta, más otros ochenta que puso para su querida esposa.
Dice que le salgo más barato, que yo solamente me voy a reír y divertirme de lo lindo con sus desgracias. Lo que no sabe es que nadie debe saber de nadie tanto, es bueno ignorar los pequeños detalles. Un día yo andaba deambulando por las calles atascadas de adolescentes en plena primavera. Veía en sus dulces brazos el vaivén del agarra-apachurra-masajea-huele. Claro, quién me manda andar espiando a las once de la noche, lo que es el voyerismo involuntario. Y después del espectáculo gratuito me retiraba a mi casa, paso por cierta avenida y descubrí un pequeño local. Lo primero que vi fue una gran cortina blanca, una mesa detrás de ella y una guapa y nada descuidada cuarentona. Con lo que me fascinan las del segundo aire. Entré a aquel lugar y con rápida habilidad de rapiña me abalancé sobre aquellos pellejos bien puestos. Buenas noches, me llamo Irene y será un gusto darte la bienvenida a nuestro grupo. Durante tres meses, cada jueves y sábados ahí me tenían. Primero escuchando, después me tocó hablar. Como soy muy pendejo para eso de la oratoria, lo mío, lo mío es escribir. Me contaron del movimiento. Lo difícil no es escribir, sino escribir lo que te piden. Debía encajar todo en ese folleto, dos hojas dobladas por la mitad. Cuatro páginas en total, llenas de cuanto sofisma se me ocurrió. Primero saqué la ética de Aristóteles, la subrayada por el maestro que una vez me prestó y nunca jamás me tome el detalle de regresar. Después se me ocurrió consultar en Internet. Encontré la gallina de los huevos de oro, www.tupuedessalvarte.org Quién carajo se iba a poner a indagar sobre los utilísimos consejos de nuestro folleto de bienvenida. Como redactor, escritor, servil objeto sexual de nuestra recepcionista y genio creativo mis ganancias aumentaron. Empecé a olvidarme de mi novela, de todos modos nadie hubiera querido leer las aventuras de un ladrón de ropa interior que un día, un desafortunado día es vengado por un grupo de señoras de golpes en el pecho.
Lo escuché hasta el amanecer, el había comprado el vodka así que mientras yo bebiera todo estaba conforme al plan. Primero lo primero le dije. La tal Azucena es bien piruja. Lamento ser yo quien te lo diga, pero una vez a mis oídos llego una sobresaturación de rumores. Clásico de doña Nancha la casera. Pero cuando toda la colonia se pasa y corre con el mismo chisme, entonces hay que sospechar. Y lo hice, mejor ya ni te digo lo que descubrí. ¿Te acuerdas de tu apadrinado, el que te debía doscientos pesos cortesía del reloj que te empeño y jamás volvió a desempeñar? Se la echó, no una, no dos, cuatro veces. Después anduvieron pasándola de cama en cama, de silla en silla, de rodillas en el frío piso de su grupeto ése. Todos, a eso se dedican y tú muy quitado de la pena porque ya andabas leyendo el libro de Sir Majestad Majister Svlavistk Güaillán. Y cómo no te iba a ayudar el librete de 500 páginas al accesible costo de… ¿de cuánto me habías dicho? Bueno el tema en toda la cuestión es que te vio la cara mi Juan. La carota que te cargas de pendejo. Ya se acostaba con otro y aquél, con éste y después el de allá. Eso de que encontró otro camino, el de hacerse musa del Sir Majister Güaillán me suena a que será la prostituta alfa. Ni modo te tocó la de malas.
Dos meses después ya teníamos bastante fondo. Y que nos cae hacienda. Primero querían que pagáramos impuestos por nuestro honrado favor hacía la población, después teníamos que reportar nuestros gastos ante ciertos peces gordos. Y finalmente o pagábamos la cuota que se pide para este tipo de “negocios” o ‘pagamos’. Gracias a la suculenta actividad secundaria de nuestra siempre bien parada Irene, convencimos al jefe de la mafia local para que nos hiciera esquina. Ahora Irene era la encargada de la división occidente de empresas “Aquí se viene a vivir” dependiente de AgroQuímicos y fertilizantes De Melgoza. Ya estábamos bien defendidos de los garfios y gorilas que tratan de aprovecharse de los empresarios nacientes. Nuestros folletos crecieron a ocho páginas, ya podíamos meter imágenes a color y anunciar uno que otro negocio. Todos de la misma firma. Yo contraté a un ayudante, eso de buscar ideas ajenas es negocio cooperativo, intransferible pero enseñable. Al joven que le pagábamos bastante mejor que cualquier albañil de fraccionamiento poco le importaban las cosas que había que buscar en la red. Hacía su trabajo en una o dos horas y lo demás del turno lo dedicaba a bajar pornografía, quemar las películas en CD’s que robaba de nuestro almacén. Después imprimía algunas portadas sugerentes y coloridas, quemaba el contenido y lo metía a su mochila. Un día lo vi en un mercado sobre ruedas al norte de la ciudad. Era el afamado “Señor del porno”… De que encuentras, encuentras. Arreglamos el mal-entendido con una cuota mensual. Listo cada quién tiene lo suyo y todos felices. Y así comenzó nuestro imperio de auto-ayuda, pornografía, una que otra entrega de “blancas palomas” y el efectivo servicio de guarda paquetes confiscados. Nos mudamos de edificio y contratamos más lindas y apreciables damas de invitación. Quién sabe y un día otro escritor de mala fama y costumbres voyeurs se tope con nuestro edificio y me libre del enfado, las aventuras del roba tangas deben contarse y yo aquí perdiendo mi tiempo con la superación personal.
Como ya me había aburrido, y necesitaba concluir la barata sesión de psicología aplicada al amigo desgraciado. Tomé una decisión, hablar con otro profesional del ejercicio bien retribuido de escribir y difamar a los familiares. Cosa sencilla: tienes un familiar inestable, lo ves una o dos veces en un mes, tomas sus rasgos, te los apropias y construyes un serafín de personaje para tus novelas, artículos y narraciones. Y como la exclusiva del dejado y apopléjico corazón de Juan, mi hermano del alma, ya era mi personaje, decidí dejar por la paz su historia real. Yo iba a construir una mejor. Primero deje de contestar sus llamadas, después me cambie de domicilio; pretexto perfecto pues ya era moroso por dos meses de renta. Lo último que supe del decaído Juan es que seguía navegando por métodos, escuelas, libros y secciones de acojinamiento a los dolidos del espíritu. Total, yo me hubiera gastado mis últimos ahorros en una buena borrachera con mujeres guapachosas y morir de su baba espesa sabor tuburio. Cuando acabe la historia del desventurado Juan, al que su esposa lo abandono por un gerente de un grupo que lavaba dinero disfrazando tal actividad con una máscara de “grupo de personas afligidas” tomé un viaje largo.
Al final la novela fue un rotundo fracaso, mi editor me demando por las pérdidas y Juan se reconoció ve-tu-a-saber-cómo en el protagonista que con menosprecio ose llamarle Joel. También me busca cierto escritor al que conocí un día. Caí por curiosidad en un edificio al sur. Grande de ventanas limpias y recepcionistas de curvas prolongadas y cabellos igual de naturales que sus ideas. Charle más o menos una hora diaria. En tres semanas ya había comprendido el negocio. Cometí el error de presumir mi oficio y prometer un manuscrito al calor del orgasmo con una de las chicas. De seguro fue quien me echó de cabeza. Uno nunca debería decir ninguna promesa en el acto sexual, de no ser una promesa falsa. Pero qué le va hacer uno, da por ser sincero y decir lo que se debería lamer con la lengua. Ahora me oculto detrás de las historias a las que me enfrento en este lugar. Hay un pequeño café galería. Las pinturas son malas, el café sabe de la mierda y el local apesta a aires de octogenario meado. Supongo que por el hecho de que los clientes habituales sean putas, matones, adolescentes con tribulaciones y uno que otro vago que apenas puede decir “droga-cuánto-es” este no sea un café normal. Quizás escriba otra historia, esta vez no le diré nada a la generosa mesera que me atiende diario. Sólo meter, acabar, pagar e irme. Sólo por gusto personal, le compartiré el único ejemplar que me queda de “Ayudamos a ayudar… historia de un escritor falso”





Gracias Charla!! :D
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